Duéleme, tierra abierta,
que de cada pie que te dejé secar,
tengo un brazo muerto.

Que no te sembré ni te advertí viva,
porque tu letárgica arcilla me quemaba la piel.

 Porque quienes te amaron
murieron sin poderte enverdecer ni cosechar.

Y ahora que me regresas tan cerca,
sólo fue para darme todas las razones.

Y ahora que las tengo me están matando.

 Menuda victoria.

Y sus brazos,
que no serán más míos que de ella,
así, llenos de surcos,
me duelen si me abrazan.

Y sus besos,
que diluídos en cada instinto que le ha brotado,
 no han sabido besarme ningún futuro.

 Tu piel y mi tierra van a sepultarme.

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