Iba atardeciendo el sol hacia el lado de los pobres, cuando vi la miseria arder por el tremendo instinto en el que sobrevive la bestialidad de aquel pobre hombre con una erección a medias. Lo supe porque se bajó de su vehículo, supongo que en estado de alguna ebriedad, y me gritó algo. Yo llevaba la ventana cerrada y a mi bebé de dos años. Y a mi perrita que no dejaba escuchar porque también estaba ladrando. El pobre hombre se veía molesto. Cansado. Mediocre. Qué esperanzas hay en entablar cualquier respuesta a ese leño quemado y hueco que ni para arder una pequeña fogata sirve. Le sonreí, en cambio, y entonces se regresó a su camioneta, muy confundido. Regresó la sonrisa y sólo le entendí "perdón. Jamás sabrá qué fue lo que pasó. Ni en ese momento ni en toda su existencia. Ese pobre hombre sólo es el resultado de una suerte de gameto victorioso con esa única victoria en su vida. Ese hombre puedo ser yo. Dios lo bendiga.

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