Justo aquí, pegadito. Con su calor de fogata. Con su juventud nueva de estrellas y cantos.
Aquí al ladito. Respirando suave. Preciso. Seguro.
Riéndose entre sueños. Con sus manitas en mi cara.
Con sus ojitos de almendra dulce. Mientras duerme.
Pero cuando despierta, me despierta. Me arranca del letargo. De la pesadumbre. Del dolor.
Me hace las preguntas exactas para ser con Dios.
Me abraza y me eleva a los espacios que nunca imaginé.
Me enseña a hincarme ante la majestuosa inmensidad del todo. Y a agradecer. Cada día por sus días con los míos.
Cuando se embarra de yogur o de pintura y se vuelve un monstruo terrible, o un súper héroe bondadoso, me da tierra y alas.
Él es mi hogar.
Razón de vivir mi vida...




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