Bitácora de dolor, día 38.
Yo empecé. Un día el amor se me cayó cuando me di cuenta que él venía de otro mundo. Que jamás iba a sentir el aire como lo sentía yo. Yo empecé, cuando me entregué en cada estrella a la magia de un brujo que me ha querido entre encantos y pecados.
No había excusa. Ni si quiera que él se fuera para siempre por séptima vez. Yo dejé caer el amor en sus manos como un pájaro muerto.
Lo merezco.
Ahora que vuela siendo libre con el amor que no se dejaba sentir, he encontrado que siempre puedo doler más. Es infinito lo que puedes doler mientras vivas. Quiero suponer. Espero que después de la resignación y el arrastre de gusano en gusano no haya más dolor que el del hambre simple y el frío.
Y hoy lo confesó. Ahogado en su inmisericorde cobardía dijo "yo la enseñé a besar". A mi no me enseñó nada. Yo todo lo tomé y esa es la diferencia.
No dejé que me amara... no lo enseñé a dar. Sólo engordé su alma torpe de amor que no le cabía. Me sentía en deuda por un hijo que es más mío que mi propio espíritu. Así que le regalé el misterio de la vida y de la muerte y de todos los amores en todas las formas posibles. Pero jamás lo dejé amarme. Nunca supo lo que era esperar a que no muriera. Traer de madrugada un poquito de piedad. Tener el hombro inhundado por mi incertidumbre. Nunca le permití amarme Todo esto ha sido mi culpa por querer por ambos.
Lo merezco.




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