Bitácora de dolor. El (cuarto) día que pensé que iba a morir.
De todos los síntomas que recuerdo que pueden ocurrir, desvanecerse no era uno que me pasara seguido.
Hoy apenas pude terminar un masaje. Llegué a como pude al sillón donde está mi hijo. Y me sentí tan terriblemente débil que pensé que era todo. He sentido la muerte tres veces. Sé cómo se siente cuando estás a nada de irte. Esta vez era igual de fuerte pero la diferencia es que ahora no tenía la voluntad de irme. Y eso lo hizo más difícil.
He pensado en la idea de que mi hijo podría ser el primero en encontrarme. Cuando en las noches siento la bradicardia por el medicamento, o regresa el ataque de ansiedad por el dolor, y está el pecho comprimido y siento que todo va a detenerse, ruego porque no muera al lado de mi hijo. No podría remediar el daño de que él encontrara a su mamá en la mañana, después de que le dije que sería un día maravilloso.
Cuando era joven coqueteaba con la idea de morir. Dignamente. Voluntariamente. Asi que todo era soportable porque tenía el sagrado derecho a morir. Pero cuando das a luz a un niño pierdes automáticamente ese derecho. Asi que la tortura se vuelve 'hasta que la muerte nos separe'. Y nunca sabré cuándo va a ser. Lo deseé tanto en cada brote, en cada dolor tan terrible. Cuando ni la morfina ayudaba. Cuando no había ya qué tomar ni qué hacer. Lo pedí tanto que ahora creo que me lo van a cumplir como castigo cuando más daño haga. Cuando más duela. Cómo ha sido el resto de mi vida. Un constante recordatorio de la crueldad del universo.
Si este dolor es una prueba, la he reprobado cada vez. Todas. No soy materia para el cielo. Ni para el perdón.
He perdido el sagrado derecho a morir y no creo que haya algo más terrible que eso.




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