Jugué a amarlo porque era una buena historia qué perder. Pero me aburrió a muerte, y entonces me compré el tarot que me hizo ver la suerte que tuve cuando él jugó a meterse entre las piernas de otra historia. No alcanzaba su budismo a iluminarme la osadía de desnudarme los terrores que, como armas, me cobró con interés, beso por beso. A oscuras. Toqueteando cada mueble donde hicimos los amores que vestía y desvestía con la voluntad de un hombre que se eriza con tacones de ocasión. Qué tremeda fe desperdiciada. Qué terrible amor desaprendido. Qué guerra tan desolada cuando bestial, buscaba quererme de a poquito. Para no sentir culpa por no sentirme culpa. Después y antes de todo, quién quiere ser el elegido de un cielo que exige ser un dios. Ya traspasé las propiedades de cada idea , de cada verso. Ya puse en venta lo sagrado. Me voy de lo que, suponía, era una gardenia abierta en verano, y resultó hierba mala sin semilla.

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