Bitácora de muerte día 5.
Brote, crisis, dolor agudo. Últimamente van seguidos uno de otro. De dos en dos días, de tres en tres. Me dejan respirar unas horas. El mundo cambia desde el dolor. Desde la pérdida. Desde la falta. Te hace ponerle un cronómetro a todo lo bueno si eres un cínico. Yo lo soy. Pero a veces juego a la esperanza, aunque siempre pierda.
Todos son ciclos. "Somos un círculo dentro de un círculo sin principio ni final". Un día puedo y a las horas me traiciona cada parte de mi y se derrumba y se levanta porque hay que levantarse y se derrumba más fuerte porque la gravedad de mis ancestros es mayor a toda la tierra en la que los sepulté. Y las lealtades que me atan a sus delirios y sus grandezas y mis propias pesadillas que he vivido una tras otra desde que nací. Y luego viene el parque de enfrente. El verde del césped que me contrasta la vida cuando mi hijo lo corre todo para destruir fantasmas. Y luego vuelve. En dolor, en fatiga, en gritos, en miedo, en ya no quiero más vivir. Y al rato vuelvo al pasto. Al hijo, al cielo, a la pirueta y papalote. Somos un círculo dentro de un círculo sin principio ni final. Nunca para. Nunca se detiene. Sólo pasa y se lleva todo y te deja todo y te vuelve nada.
Quiero dejar de doler y me culpan y me culpo y "tú sólo tienes que decidirlo" y tómate estas gotas y este té y estos mantras y este Qi y esta respiración y estas hierbas y estas pastillas y éstas y éstas y has ejercicio y deja todo lo que crees y deja todo lo que eres y deja de existir y si no sanas es porque no quieres. Es mi culpa y de nadie más. Yo perdí demasiado demasiadas veces. A mis abuelas que me enseñaron a sufrir. A mis abuelos que las enseñaron a odiar. A todas las muertes de mi padre; la primera cuando llegamos a esta otra casa en donde lo olvidó todo y recordó quién era; la segunda cuando ya no era mío, la tercera, la cuarta y la quinta definitiva. La única muerte de mi madre que no termina de morir. Mi muerte repetida cada vez que me recuerdo frágil ante el odio y la impotencia de no poder correr. La muerte de mis hermanas que aún viven a tientas. Las muerte de todo el amor que pude sentir por otro hombre que no sea mi hijo. La muerte de toda posibilidad de significar. La muerte. Bendita y misericordiosa. La vida. Desgarradora y magnánima. Ambas se definen en dolor. Lo que duele es lo que significa, dicen. Pues me significa el alma, el cuerpo, la mente y todo lo demás. Me significa de más. Si es que Dios se conoce a sí mismo desde mi conciencia, ojalá me perdone por dolerle tanto.




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