Vienen caminando, morenos, chiquitos, tapados hasta el cansancio, buscando cómo morir menos rápido. Y los otros, ciegos, dormidos, castrados por el demonio de la acumulación, sienten que entre sus rejas de herrería fina, estarán a salvo. Porque aunque yo diga que ellos son los otros, ellos o nosotros, no somos los mismos. No andamos las mismas calles ni tenemos los mismos sueños. Sus pesadillas son peores. Más salvajes. Más ciertas. Ciertas, pues. Si no, por qué irían a esta hora, a pie, sin nada en el bolsillo ni en el tiempo. Ellos no llevan nada y aun así siempre están en todos lados. Ellos o nosotros. Ya no sé si podemos ser lo mismo un día. Que todos comamos en la misma mesa. Sin mi pobreza ni su hambre. ¿A dónde van con tanta parsimonia? Con sus piernas rápidas y rotas. Y peor aun, ¡hasta dónde llegan! No se puede llegar a ningún lugar con ese dolor. Con ese color. Con ese olor. No a estos lugares de luces y climas templados a las qué aspiramos desde que conocemos la forma en la que Dios olvida. Que nunca nos perdonen, pero sí nos salven. Salvos sean.
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