Crónica de la crisis número 23 de lo que va del año.
Después de cada coctel de AINES, antidepresivos y herbolaria, vienen las preguntas indefectibles: ¿aguantará mi riñón? ¿Explotará el corazón? ¿Y si no amanezco? ¿Así será siempre? Y te aferras a la manita de tu hijo como una garrapata, por si es la última vez. Te aprendes de memoria su carita. Todos los días, por si el infierno... El insoportable dolor físico es sólo una partecita. El terror de no poder abrazarlo sin sufrirlo, es, definitivamente, una penitencia. No se me ocurre castigo más terrible que vivir sufriendo las caricias de tu hijo. Que te arda hasta la médula cada beso. Hay maldiciones tan malditas que hasta Dios les ha de temer.
Tengo cajitas de medicamentos en cada rincón de la casa. Aprendí la lección. No debo tener nada más allá de un brazo de distancia. No he aprendido a arrastrarme. Esta pinche enfermedad es lo que quiere, y me le resisto todo lo que me permite mi anciana juventud.
Hoy lavé ropa. La tendí. Fue un triunfo tan grande que estuve de buen humor casi todo el día. Intenté mantener a raya el dolor hasta las ocho de la noche. Cuando cae la noche cae como yunque todo el peso de esta cronicidad. Mi amada noche me lastima tanto que he aprendido a temerle más que a mi misma. Casi no hay nada más terrible que la noche, hasta que despierto. Ahí. Al abrir los ojos. Cuando de golpe se siente todo. Cuando el cuerpo recuerda que duele. Nunca se ruega tanto por una muerte digna, como al amanecer.
No ha parado de doler. Espero que mañana pueda caminar.




0 comments
Cómo la ves?