Por David Domínguez Durán
Quizá todavía existan historietistas norteamericanos que dibujen a los latinoamericanos cual una copia cursi, risible y mal hecha, con apenas dos dedos de pelos ensortijados para peinarse al estilo Elvis Presley, olorosos al típico tufo de los sirvientes embaselinados pero de seguro que ya son muy pocos de los “comic’s” de ese tipo que se venden en las mugrientas esquinas por la sencilla razón: ya no las compran como antes, ya no llaman más la atención las hirsutas melenas de los monos de ciudad que las sinuosidades sugerentes de las carnosidad rosa que grita a pleno pulmón “ni reino por un orgasmo”.

Ya no hay guerras tan cerca de nosotros que no nos permitan culpar a los vecinos sobre todo cuando estos hablan español y se han dejado robar el oro que a su vez lo robaron a los indígenas. Tampoco tan lejanas como para ignorarlas como pretende Calderón hacernos creer a través de la propaganda que gastó para robarse lo poquito que dejó nuestro trabajo de toda la vida.

Yunes el del ISSSTE, fue acusado ante mí por quien dijo ser el supervisor de seguridad del Hospital Lázaro Cárdenas, ocultando su gafete y gritando a lo lejos llamarse Juan Hernández, negándose a toda costa a proporcionar su otro apellido y amenazando con ya no ofrecer más el servicio médico pues a él lo había colocado el mismísimo Sr. Daniel Casas, Director General del Hospital.

Esto ocurrió pues para mi mala surte, que puede ser tan mala como para cualquier chihuahuense, me caí partiendo mi brazo izquierdo en cuatro pedazos y mi pierna en dos el sábado 11 de abril del año en curso. Escribí esto 12 días después y no llegó la hora en que alguien atendiera mi lesión a pesar de que religiosamente durante 30 años el ISSSTE retiró a fuerza partes de mi sueldo, el personal pagado con nuestro dinero para contar con un poco de seguridad, solamente acierta a decir “el doctor salió de vacaciones”. Así, si acaso ocultando una sonrisa para esconder el rechazo hacia alguien que puede ser tan tonto que se le ocurra accidentarse en vacaciones o atravesársele a grupos de narcotraficantes en la calle.

La burocracia se impone como si fuera una ley natural, muy poco tiene que ver el ISSSTE con la necesidad de la población de contar con algún apoyo en caso de desastre, pero sí mucho con las prestaciones de una buena “chamba” y en el peor de los sentidos: no para servir a la sociedad, sino para servirse de ella.

Se supone que todo servicio gubernamental debe dejar guardias capaces de conjuntar la energía para enfrentar cualquier situación de contingencia, sobre todo en un estado como el de Chihuahua, al que se le ha echo el favor de considerarse cual territorio de alto riesgo y principalmente en el sector salud.

Pero no, la lógica de la norma solamente aparenta cumplirse. Prohibido enfermarse o accidentarse en vacaciones. Queda alguien de guardia para decir con deleite ante el dolor ajeno: “el doctor salió de vacaciones”.

Abrumado recobré la conciencia ante una prietita de rasgos tarahumaras que sin embargo trajo el recuerdo de la carita de los veinte centavos y entre los incómodos dolores de mis fracturas le pregunté dónde estábamos y luego de mucho rato, como tanteando si me estaba burlando de ella, me dijo que en el Lázaro Cárdenas. Yo sabía que al sur de Chihuahua capital existía el poblado Cárdenas pero no un hospital del ISSSTE, así que le pegunté a la siguiente prietita que me visitó quien muy seriamente me dijo que en Cuauhtémoc. Francamente intrigado y con la duda acerca de mi familia pregunté a otra enfermera quien me comentó que se trataba de un hospital nuevo al que solamente entraba personal especializado; así que opté por guardar silencio a pesar de que fuera lo que me hubiere ocurrido, tendría una gran ayuda psicológica de mí si supiera lo estaba sucediendo en vez de esa horrible sensación de desamparo al sentirme secuestrado.

Al principio creí que se trataba de alguna venganza indígena y luego de una desconfianza atribuida por carecer de información siendo mestizo, pero la voz de otro paciente quien se identificó como sobrino de mi profesor Manuel Domínguez me explicó que estábamos en la ciudad de Chihuahua en el mismo viejo ISSSTE donde muriera mi amigo el premio nacional de la juventud en 1984, Oswaldo Salcido Barrón por una fractura de pierna y mi madre porque se le detuvo el corazón (imagino que a todos los que mueren les deja de latir el corazón); dejándome completamente claras las cosas: había cometido la violación imperdonable, accidentarme en vacaciones.

Entre el angustiante dolor y la evidente muestra del personal por ocultar su nombre o mi situación, el miércoles se apersonó mi hermana llenándome de alegría; pero antes de mostrársela, rápida cual una águila, se cruzó entre nosotros una mujer bella identificándose como la Doctora Grimaldo, informándonos gélidamente que no contaban con nefrólogo y que tal vez al terminar las vacaciones pudieran conseguir alguno, que entre tanto no había nada qué hacer. Sorprendido le pregunté si mientras podría irme a casa, desde luego pensando en acudir con algún doctor serio; pero mi pregunta encolerizó a quien dijo ser la Dra. Grimaldo, quién me respondió: “como quiera pero ya nunca vuelve a venir”.

Le comenté entonces a mi hermana cesar la búsqueda de alguna palanca para ser médicamente atendido, lo que no debiera ocurrir en un estado donde se respeten los derechos humanos; a lo que me pidió un momento para reflexionar. Calculaba si nos alcanzaría el dinero yéndose a sentar en una de las sillas en el pasillo aledaño a la sala 5 en que yo me encontraba, pero fue expulsada por un elemento uniformado de seguridad.

Para secuestrar pacientes sí funcionaba la guardia, quizá porque jalar un gatillo no requiere tanta habilidad como para manejar un bisturí, aunque ambos instrumentos pueden usarse con la misma impunidad.

El guardia informó a mi hermana que le podía permitir el uso de las sillas siempre y cuando las ocupara el paciente, por lo que hice el esfuerzo de levantarme para ponerme a sus órdenes y no oponerme a su autoridad. Fue inútil, no pude ponerme de pie; así que mandé a mi hermana a tomarle una fotografía y dejar constancia.

Entonces tronó la bomba. Cual obelisco irrumpió en la sala en que me encontraba un señor quien vio mi computadora de batería preguntándome acremente si no sabía leer para mandarme a la escuela, ya el que el contrato firmado por mí decía no aceptarlas.

Curiosa justificación: en vez de servicios médicos, castigo a quien mire computadora; aunque nunca haya firmado nada.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Digg
  • Sphinn
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Mixx
  • Google
  • Furl
  • Reddit
  • Spurl
  • StumbleUpon
  • Technorati