eu-queria-ser-amor-geisa Hay días en los que para escribir, hace falta un par. Este par de labios sellados por la sorpresa no advierte más que a aventar un “amén” sordo en los ritos de los que “tienen fe”. ¡Qué demonios van a decirnos de la fe, los que por llevar túnicas moradas, combinan perfecto con el diezmo de cada domingo!. Vivir para la vida, es cuestión de fe. Ser noble por convicción propia, es cuestión de fe. Parir sin santos, es cuestión de fe. Evolución humana… pura fe. 

Pero hoy no quiero hablar de fe. Ni de ritos luctuosos, ni de muerte. Hoy me parecen urgentes otras cosas.

La niña más triste del mundo me preguntó sobre el amor.  Yo debí contestar, como contestan los adultos:

“El amor es el resultado de un estudio minucioso de las características que porta un ser humano, procesado a manera de comparación, con las necesidades que consideres prioritarias en ti; mezcladas, siempre, con física y química, logrando que biológicamente sea apetecible la reproducción, con dicho ser.”

Entiéndase de otra forma:

“Busca el mejor producto en el mercado, convéncete de necesitarlo, y entonces amarás.”

Pero no. No le dije que Erich Fromm lo juzga de voluntario (al amor), ni que Esther Villar de caprichoso. No. Yo le dije que… que no tenía idea de qué era el amor.

Y es cierto. También cometo el pecado de jugar a las eternidades. Y creo seriamente que el amor no tiene delimitaciones conceptuales, porque entonces el encierro en un marco tan poquitero lo mataría.

Por ello de manera pública, pido disculpas a esa niña triste, por no tener los pantalones, ni un par… para escribirle de amor.

Puedo hablarle de amar, que me resulta un tanto distinto. Lo sé porque lo he sentido constantemente. Lo he sufrido seguido en cada etapa de mi vida, y tengo varias cicatrices para demostrarlo.

La primera de ellas, fue cuando supe que el amor no lo cura todo. “No… locura todo”. Siempre creí que era suficiente amarle para que viviera. Para que aprendiera “desde el principio a terminar”, pero siempre se tiñó de finales que no me contemplaban completa.

La segunda, fue cuando supe que amar no se acaba. Ni arrancándote los recuerdos con sobredosis de episodios nuevos.

La tercera, cuando entendí que eso de amar iba en serio… como la vida. Como Dios. Cuando ya no se te escapan suspiros y obtienes corazones, sino cuando se te escapan esperanzas y obtienes verdad.

La cuarta, cuando supe que puede cambiar de rumbo, de ojos y de coartada. Uno siempre tiene coartadas para el amor (si un día te pillan amando, siempre sabrás decir quién te acompaña).

La quinta, y no la última pero sí de las más trascendentes para este día, fue esa que me hice en el momento de abrir el pecho y sentir que el mundo gira por la “carrera constante del uno que sigue al otro”…

En fin… no puedo decir mucho de amor, amar o amarle. Pero puedo decirte, Niña Triste, que una vez vivo, no te queda de otra. O amas, o mueres. Así que espero y alces la espada para morir por amar…

Así que termino como al principio, creyendo y afirmando que el amor sabe muy parecido a la fe.

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