Puedo contar mi vida uniendo desgracias. He vivido una tras otra y otra como si pudiera justificarse estadísticamente. El New age me culpa porque asegura que yo lo he decidido. La ciencia me ve como un desafortunado humano. El arte me ve como materia prima. La comedia, también. Los vendedores como fuente de ingresos. Mi familia como una víctima insufrible. Mis parejas como una carga. Pero mi hijo, así con todo y nada, me ve como una heroína. No la droga. Sino la que todo puede. Y sí. Tan lo puedo todo que todo me ha pasado y le he pasado a todo y sigo siendo lo que he podido ser.
Un hijo es Dios mostrándote el camino.
Qué bueno que viví toda la tragedia y la porquería para poder entender la grandeza y divinidad de mi milagro de casi seis años.
Aquí lo tengo a mi lado con su cuerpecito calentito, sabiendo que está protegido por la mujer que nació para cuidarlo.
Porque sabe --en el alma, con ese conocimiento ancestral con el que nacen-- que justo para eso viví y sobreviví lo indecible: para saber sobre el infierno y poder distinguir el paraíso cuando lo tenga en frente.
Este dolor de carne y alma y mente no se compara si quiera a este amor de alma y espíritu que me regalan esas manitas que se aferran a mi vida. A la vida.
Lo más puro y lo más podrido en mi misma al mismo tiempo en esta cama que me ha visto morir tantos tiempos...
He vivido demasiadas veces y quiero vivir más. Aunque el dolor no pare.
Él vale la pena.




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